“Todas las relaciones emocionales íntimas entre las personas están fundadas en la individualidad, mientras que en las relaciones racionales el hombre es equiparable con los números, como un elemento, indiferente en sí mismo. (…)
La mente moderna se ha vuelto cada vez más calculadora. La exactitud en el cálculo que se da en la vida práctica de la economía monetaria corresponde al ideal de la transportación del mundo a un problema aritmético, así como a fijar cada parte del mundo por medio de fórmulas matemáticas.”
Georg Simmel[1]
Si uno lee un libro sobre la McDonalización[2] del mundo, podrá encontrar que en estas páginas se hace referencia a las little boxes, las pequeñas cajas, a las que cantaba Malvina Reynolds. Tanto si hablamos de McDonalds como si hablamos de las casas de colores de los suburbios, estamos hablando de lo mismo: la estandarización. Extraemos las singularidades de cada cosa, de cada persona, situación o espacio, para volverlas a todas similares, comparables, iguales. Echarle ketchup a todas las comidas, para disimular su sabor y su singularidad, al mismo tiempo que omites la variedad, es lo mismo que hacer todos los barrios iguales, todas las calles iguales, todos iguales para evitar estimularnos o sorprendernos con algo distinto. Todo uniforme y neutral.
La estandarización es una forma de ponerlo todo fácil y accesible. Reducirlo todo a un número, a un cajón, a un archivo, a una figura geométrica o a un mapa: simplicidad, precisión, cálculo. Es el súmum de la racionalidad, del largo y costoso proceso de racionalización que ha sufrido nuestra concepción y construcción del mundo. Las casas idénticas, una tras otra, de personas idénticas, repetidas, una tras otra, con los mismos empleos, los mismos coches, los mismos gestos y las mismas ropas, la imagen de una ciudad repitiéndose ella misma en cada nuevo paso que damos me horroriza. Me horroriza porque acabo viendo al ser humano como un puro engranaje. Porque ya está todo hecho. Se nos ha calculado un mundo desde arriba en el que nosotros nos movemos y vivimos, tal y como se predice que debemos movernos y vivir. Si las leyes, la educación, las instituciones, las calles, las tiendas, las relaciones y las normas pueden ser ya medidas y ordenadas, ¿cómo no va a serlo también nuestra vida?


“Todo el mundo está harto de lo antiguo. Siempre actuando al dictado de unos cuantos puretas salidos de la universidad, e hijos de padres ricos. Nos miran de arriba a abajo y nos tratan como tontos, y esperan que seamos nosotros los que paguemos libras por poderlos ver mientras actúan, y no al revés. Y la gente permite que esto suceda. Pero ya no. Ahora hay un montón de grupos nuevos que vienen exactamente con la actitud contraria. Ya no es condescendencia. Es pura y simple honradez.”
“Eso que es sagrado tiene como producto derivado una felicidad sin causa. Porque ésa es la verdadera y eterna felicidad que hay. Es esa felicidad que no tiene causa. Alguien te dice “¿Por qué estás feliz?”, y tú simplemente no sabes. La verdadera felicidad no tiene una causa; no hay razón para ella; no es el resultado de obtener o encontrar algo. (…) Y ése es el tipo de felicidad que emerge de lo sagrado. (..) Sólo está allí. Es sólo la naturaleza de la realidad: hay esta emanación de bienestar.”






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