Whatcha see is whatcha get

•12/01/2013 • 3 comentarios

“Ser moderno es encontrarnos en un entorno que nos promete aventura, poder, alegría, crecimiento, transformación de nosotros y del mundo y que al mismo tiempo, amenaza con destruir todo lo que tenemos, todo lo que sabemos, todo lo que somos. Los entornos y la experiencia modernos atraviesan todas las fronteras de la geografía y la etnia, de la clase y la nacionalidad, de la religión y la ideología: se puede decir que en este sentido la modernidad une a toda la humanidad. Pero es una unidad paradójica, la unidad de la desunión: nos arroja a todos en una vorágine de perpetua desintegración y renovación, de lucha y contradicción, de ambigüedad y angustia. Ser moderno es formar parte de un universo en el que, como dijo Marx, todos los sólidos se desvanecen en su propio aire.”

Marshall Berman

Street art by Blue

Hay una osada indiferencia reinando en las calles. Entre escaparates y envases deambulan, deambulamos, seres incompletos. Nuestro mismo ajetreo de pasos y miradas neutraliza, disuelve su intensidad, su potencia, su humanidad. Son tantos los encuentros a lo largo del día, tantos los cruces, las miradas instantáneas, las posibilidades infinitas de relación con cada una de las personas que vemos; hay tanta, tanta información, que saturamos[1]. Y en este estado, en una sobredosis de inputs, sólo nos queda refugiarnos, construirnos un caparazón de indiferencia, de no oír, ni ver, no más allá de lo más puramente aparente.

Hay una reinante indiferencia en las calles, y ésta va acompañada de las más frívola apariencia. Cuando se nos termina el tiempo y la voluntad de conocer, explorar a la persona que tenemos delante – y esto sucede, desgraciadamente, la mayor parte del tiempo – nos negamos a nosotros mismos una apertura. El encuentro con desconocidos sólo lleva a más incomprensión, a menos confianza, a una nula conciencia compartida. Las citas fugaces me hacen pensar que no era necesario esperar a la época de los cyborgs, los androides ni los replicantes para llegar a confundirnos lo que creemos real y lo que no. Bastaba la masificación urbana en la sociedad de consumo, una naturalización de la publicidad, la estética, lo aparente, la forma, la forma y la forma por encima del fondo. Con tan poco tiempo para rascar, pocos se molestan en llevar algo más tras la piel.

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Le vent nous portera

•12/07/2012 • 6 comentarios

‘La vida es aquello que te sucede mientras te empeñas en hacer otros planes.’

En mi adolescencia tuve que escribir una redacción a partir de esta frase[1]. Sé que en su momento la reflexioné, y creí entender qué significaba. Pero es muy diferente, muy muy diferente, el paso de saber y entender a conocer y comprender. La dimensión profunda del comprender, la dimensión personal, vivida y experimentada del comprender a menudo no es tan fácil de aceptar como la del conocimiento ideal y abstracto[2]. Cuando la teoría deja de serlo para convertirse en práctica, en vivencia, entonces, ya no resulta tan fácil ordenarlo, describirlo con esa lógica y coherencia objetiva. Ahora ya me toca. Ahora sí, puedo decir que esta frase la comprendo. La siento. La siento a medida que vivo tantos planes no previstos, y veo emborronarse, en mi antiguo horizonte tan lindo y bien definido, tantos otros planes que creí que formarían parte de mi vida.

Hace un tiempo que siento el mundo en efervescencia. Puede ser una situación totalmente transitoria, casual, que me ha tocado vivir en estos momentos; pero en mi vida ahora aprecio un mundo en efervescencia. El tiempo no pasa más rápido ni más lento, sólo terriblemente imprevisible: idas, abandonos, llegadas, encuentros, para nuevos abandonos, nuevas incertidumbres, whatever. Siento el mundo en movimiento incesante porque no sé dónde pararé la siguiente semana, ni mucho menos el siguiente mes, y ni pensar puedo en el siguiente año. Planifico para recular y corregir; a veces planifico, incluso, para echar por tierra todo lo que veía una opción que de repente se convierte en imposible. Y así es como se vive, supongo, así es como vivimos. Las convicciones que tenía de adolescente ya no existen, y probablemente no existirán más. Me dicen que esto es crecer y madurar, esto es la famosa crisis de cumplir años, mi bienvenida crisis de los veinticinco. No es el sentirse mayor lo que la confunde a una, es el sentir que cada día hay menos lugares, gentes y principios a los que sujetarse.

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White Rabbit

•24/06/2012 • 2 comentarios

– Minino de Cheshire – empezó Alicia tímidamente, pues no estaba del todo segura de si le gustaría este tratamiento: pero el Gato no hizo más que ensanchar su sonrisa, por lo que Alicia decidió que sí le gustaba-. Minino de Cheshire, ¿podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí?
– Esto depende en gran parte del sitio al que quieras llegar – dijo el Gato.
– No me importa mucho el sitio… – dijo Alicia.
– Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes – dijo el Gato.
– … siempre que llegue a alguna parte – añadió Alicia como explicación.
– ¡Oh, siempre llegarás a alguna parte – aseguró el Gato- , si caminas lo suficiente!”

Alicia en el País de las Maravillas, Lewis Carroll

Siempre me inquietó ver animales parlantes, caminantes, pensantes. Como si el mundo se diera la vuelta, como en las antiguas fábulas y en esos cuentos infantiles de criaturas descalzas vestidas. Cuando el animal es disfrazado de persona, pierde cierta inocencia, cierta pureza en su salvajismo. Y cuando un conejo blanco deja de andar a cuatro patas y toma postura humana, y cuando, además, se decora de nuestros cachivaches, vistiendo chaleco mientras corre con un reloj en la mano; entonces, el conejo deja de ser conejo, para ser un ridículo espejo nuestro. Y nos miramos en el conejo, para ver un adulto cualquiera, tan absurdo y con tantas prisas, siempre con tantas prisas. Quizá ése sea el primer punto inquietante que nos atrapa, que atrapa a Alicia[1], y a nosotros, como lectores, como espectadores, en este trastorno de lo cotidiano con un halo de extrañeza que representa el país de las maravillas en el que Alicia se perdió.

Las múltiples interpretaciones del libro apuntan a un viaje al subconsciente, a un recorrido a la infancia, un limbo, una conversión alquímica, una sesión de psicoanálisis, un aterrizaje a la vida adulta, a acertijos lógicos sin sentido. Y de todo, creo, tiene un poco de cierto, porque ¿a dónde nos lleva el subconsciente  sino a marcas de la infancia? ¿Qué es la infancia sino un cierto miedo hacia la vida adulta? ¿Cómo llegamos a la vida adulta sino aceptando una conversión hacia algo incomprensible? ¿Por qué juegos y acertijos tan comprensibles en el mundo de la lógica acaban inquietándonos cuando toman forma? En este laberinto del absurdo es dónde cae Alicia, en un montón de metáforas, analogías, en sueños esculpidos por lo rocambolesco de la imaginación y lo perturbante de lo real, o viceversa. Y, uno no sabe muy bien cómo, pero finalmente vas asimilando tanto y tanto sin sentido por doquier.

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Ojalá

•16/02/2012 • 4 comentarios

“Pasaron los años y el recuerdo de aquel amor tan bonito, tan productivo, tan útil (ojo, no confundir con utilitario), enriquecedor, de aporte a uno… pues, estaba obsesionado yo con esa idea. Y porque fue un amor frustrado, tronchado por las circunstancias, por la vida, no fue una cosa que se agotara, pues se me quedó un poco como un fantasma y por eso compuse esta canción en un momento quizás de delirio, de arrebato, de sentimiento un poco desmesurado: ojalá esto, ojalá lo otro…”

Silvio Rodríguez

Imagen

La vida académica peca de querer dar demasiadas respuestas. Como si la visión tras los libros fuese más lúcida y brillante parece que la precisión de las palabras académicas es suficiente para alcanzar a comprenderlo todo. Como águila vuelan muchos academicismos. Como águila, incluso en sociología, puede tenderse a deconstruir lo existente, lo real, porque es un real social, caprichoso, variable; en definitiva, aleatorio. Por muy latentes y carnosos que sean los hechos, el análisis frío y distante puede deconstruir la realidad que observa, porque incluso ésta fue construida con arbitrariedad y antojo. Deconstruyendo, deconstruyendo, al final una queda desnuda. Deconstruyendo, aquello a lo que nos sujetamos es cada vez más líquido. Deconstruyendo, lo que creíamos real puede revelarse de repente como una mentira. Una hermosa y triste mentira que insistimos en creer, por años, por vidas, hasta que cae, casi por su propio peso, por su propia falsedad.

Teoría existe sobre cualquier cosa que imaginemos, existe teoría sobre la ciencia, teoría sobre la misma teoría, teoría sobre los teóricos; teoría para explicarnos todo lo que vive, todo lo que es. Y vive aquí, desde el momento en que nacemos hasta nuestro último suspiro, de un modo presente y cautivante, vive el amor. Y el amor, ay, el amor también puede deconstruirse, caer, por su propio peso, por su propia falsedad. Por ello, teoría del amor hay, incluso, demasiada. Y práctica del amor, aunque a menudo torpemente, hay muchísima más, de un modo hermosamente popular y universal. El mito del amor romántico que empieza con Romeo y Julieta ha ido creciendo, convirtiéndose en algo casi innato en nuestra naturaleza. De Romeo y Julieta a Werther, a todas las novelas femeninas de los últimos dos siglos, a todas las películas Disney, a los veinte poemas de Neruda, a las rimas de Bécquer, a tantas baladas de hard rock, al encontrar tu media naranja, al meetic, a San Valentín, a las lunas de miel, al motivo gravitacional de nuestras vidas. Grande, único, excluyente, exclusivo: el amor romántico.

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Rock and Roll nigger

•11/02/2010 • 5 comentarios

“Ahora pasa algo cada diez años. Y todo lo que hacemos es reconocer que hace falta que ocurra algo y ponemos nuestro grano de arena para que así sea. ¿Quién sabe? Podríamos ser los próximos Rolling Stones… ¿Qué habría pasado si Jagger y Richards hubieran creído que Chuck Berry y Elvis Presley habían sido los últimos? A nadie le gustaba Chuck Berry tanto como a Mick Jagger y a nadie le gustaba tanto Elvis Presley como a Bob Dylan. (…) Por eso me jode tanto que la gente diga que esto o lo otro está muerto y que ya se ha inventado todo. Solían decir lo mismo cuando dibujaba y escribía poesía. ‘Oh, todo esto ya se ha dicho antes.’ Y yo pensaba que era para partirse porque yo no lo había oído. Quiero ocuparme del ahora, no me basta con escuchar que otros lo hicieron en la historia o ver que los Rolling ya lo hicieron. No me basta. Nosotros somos el mejor espectáculo para nosotros mismos.”

Patti Smith

Cuando pienso en una mujer artista, pienso en Patti. Cuando pienso en una mujer con personalidad, pienso en Patti. Cuando busco inspiración, busco a Patti. Sí. La búsqueda de referentes no es indispensable, pero sí enriquecedora. Patti se encontró la misma situación en la que, probablemente, nos encontramos todas cuando queremos ver hasta dónde podemos llegar: ¿dónde están las mujeres? A parte de caras y cuerpos bonitos, el arte no nos ha dado demasiadas mujeres en las que mirarnos. El papel de la mujer en el arte queda reducido a la musa y a la amante del artista, meramente decorativa, prácticamente pasiva; y eso esperaba ser Patti, aspirando bastante alto, tal vez alguna desdichada amante de algún artista. Menos mal que su vena creativa no se lo permitió. Por el arte, por la música, por la poesía, por el rock y por las mujeres en general, menos mal.

Suelo creer que sentirse raro es un primer paso para ser inconformista. Sentirse raro porque tú lo eliges o porque los demás ya lo han elegido por ti, qué importa; lo importante es la sensación de rechazo, de no entrar en los planes que tienen para ti, en las pautas que deberías seguir. Cuando la realidad te jode, no te queda otra que tomar distancia, y tomando distancia nos damos cuenta de muchas cosas. Cuando ves que no eres la chica que todos quieren, la chica guapa, silenciosa, sonriente, complaciente, la chica agradable porque expresa poco para no dar sombra, porque no grita, no protesta ni insulta, la chica femenina que se espera que seas, entonces realmente empieza a joderte de verdad esto a lo que llamamos feminidad. Y cuando Patti era una adolescente, delgada y larguirucha[1], prefería un novio jamaicano antes que los deportistas populares y triunfadores que, por supuesto, cumplían y encajaban perfectamente con lo que se esperaba de ellos.

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Little boxes

•14/11/2009 • 8 comentarios

“Todas las relaciones emocionales íntimas entre las personas están fundadas en la individualidad, mientras que en las relaciones racionales el hombre es equiparable con los números, como un elemento, indiferente en sí mismo. (…) suburbLa mente moderna se ha vuelto cada vez más calculadora. La exactitud en el cálculo que se da en la vida práctica de la economía monetaria corresponde al ideal de la transportación del mundo a un problema aritmético, así como a fijar cada parte del mundo por medio de fórmulas matemáticas.”

Georg Simmel[1]


Si uno lee un libro sobre la McDonalización[2] del mundo, podrá encontrar que en estas páginas se hace referencia a las little boxes, las pequeñas cajas, a las que cantaba Malvina Reynolds. Tanto si hablamos de McDonalds como si hablamos de las casas de colores de los suburbios, estamos hablando de lo mismo: la estandarización. Extraemos las singularidades de cada cosa, de cada persona, situación o espacio, para volverlas a todas similares, comparables, iguales. Echarle ketchup a todas las comidas, para disimular su sabor y su singularidad, al mismo tiempo que omites la variedad, es lo mismo que hacer todos los barrios iguales, todas las calles iguales, todos iguales para evitar estimularnos o sorprendernos con algo distinto. Todo uniforme y neutral.

La estandarización es una forma de ponerlo todo fácil y accesible. Reducirlo todo a un número, a un cajón, a un archivo, a una figura geométrica o a un mapa: simplicidad, precisión, cálculo. Es el súmum  de la racionalidad, del largo y costoso proceso de racionalización que ha sufrido nuestra concepción y construcción del mundo. Las casas idénticas, una tras otra, de personas idénticas, repetidas, una tras otra, con los mismos empleos, los mismos coches, los mismos gestos y las mismas ropas, la imagen de una ciudad repitiéndose ella misma en cada nuevo paso que damos me horroriza. Me horroriza porque acabo viendo al ser humano como un puro engranaje. Porque ya está todo hecho. Se nos ha calculado un mundo desde arriba en el que nosotros nos movemos y vivimos, tal y como se predice que debemos movernos y vivir. Si las leyes, la educación, las instituciones, las calles, las tiendas, las relaciones y las normas pueden ser ya medidas y ordenadas, ¿cómo no va a serlo también nuestra vida?

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I feel good

•05/11/2009 • 4 comentarios

jbrownhappy

“Soy consciente de que cuando salgo al escenario, cualquier escenario,nadie quiere pagar un dinero que ha ganado con su esfuerzo para ver reflejada su propia desgracia. Por eso, cuando se encienden los focos, me transformo en el hombre más feliz del mundo. En ese momento, soy el hombre más feliz del mundo, el hombre más feliz que haya existido, y estoy preparado para iluminar a la gente con mi felicidad.”

James Brown[1]

De James Brown podemos aprender más cosas de las que creemos en un primer momento. Ha quedado en la memoria como un gran artista[2]. Más que eso: es el padrino del soul. Impulsor de nuevos sonidos, voces y bailes, la vida de James Brown es la de un auténtico currante en unos tiempos y un contexto en que trabajar duro no significa necesariamente tener éxito. Más difícil era aún si tenemos en cuenta el trato hacia la población negra en los años 30 y 40 en el sur de los Estados Unidos. Prácticamente excluidos del sistema educativo, sumidos en la pobreza y trabajadores de campos de algodón: ésa era tu vida, produciéndose y reproduciéndose, si nacías negro en Carolina del Sur. El maltrato por parte de blancos reaccionarios era habitual, y éste era también el campo de batalla de grupos como los Ku Klux Klan[3]. Esta vida se cantaba en un lamento, en una tristeza, en un feeling blue[4], en el blues. Sin embargo, James Brown no quería lamentarse. Desde pequeño interiorizó el consejo de su padre: más vale morir de pie que vivir siempre arrodillado[5]. El blues se cantaba con pena, y James quería cantar con orgullo.

De niño, lo que James Brown aprendió fue la ley de la supervivencia. En aquella época y aquellas zonas, se decía “Si se muere una mula, compras otra; si se muere un negro, alquilas a otro.” Y ésta era la preocupación que había por la población negra: inexistente. Blancos y negros vivían separados por una frontera más visible que cualquier muro: chabolas a un lado, enormes casas bonitas en el otro. Parecía que la mezcla entre ambos mundos era imposible, y que la supremacía de los blancos sobre los negros era también innegable. El hecho de pertenecer a una familia pobre y desestructurada, sometida siempre a los peores trabajos y las peores humillaciones, hizo que su interés por la educación quedara en un segundo lugar, siendo más importante conseguir algo de dinero que leer libros. Y toda la inteligencia que no desarrolló en la escuela, la desarrolló en las calles. Espabiló. Se dio cuenta muy pronto de que si no era él el primero en valorarse y salir adelante, nadie lo haría por él. Así que así fue como empezó a recoger algodón, a limpiar botas por las noches en la ciudad y, casi instintivamente, a bailar con todo su ritmo a cambio de unos centavos[6].

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